miércoles, 22 de diciembre de 2010

Defraudar

Marcos 10.19 --> Los mandamientos sabes: No adulteres. No mates. No hurtes. No digas falso testimonio. No defraudes. Honra a tu padre y a tu madre.

De todos los cuatro evangelios, sólo tres hablan del “Joven Rico” (Mateo 19.16-30; Marcos 10.17-31; Lucas 18.18-30). En Mateo se inicia diciendo: “llegó uno y le dijo:…”. En Marcos dice que cuando Jesús salía a seguir su camino, vino uno corriendo e hincado su rodilla delante de él, “le preguntó:…”. Aquí sucede “el efecto del teléfono roto”, pero si unimos las versiones, sería algo así:

“Cuando salía Jesús de la casa para seguir su camino, llegó uno corriendo un hombre principal, el cual hincando su rodilla delante de él, le preguntó, diciendo:…”

Y la pregunta que le hace, en sí, es la siguiente: “Maestro bueno, ¿qué bien haré para recibir la vida eterna?”. Luego de esto, Jesús le dice que el único bueno es Dios, y le recuerda, además, los mandamientos, que es lo que debemos guardar para obtener la vida eterna.

Pero así como difieren las palabras en cada evangelio (las palabras, porque el mensaje es el mismo), encontramos que Marcos añade un mandamiento, el cual es dicho por Jesús, “No defraudes”. Al leer esto yo, inmediatamente, pensé: “¿Este es un mandamiento?”.

Defraudar, según el diccionario de la Real Academia Española es:

  • 1. Privar a alguien, con abuso de su confianza o con infidelidad a las obligaciones propias, de lo que le toca por derecho.
  • 2. Frustrar, desvanecer la confianza o la esperanza que se ponía en alguien o en algo.
  • 3. Eludir o burlar al pago de los impuestos o contribuciones.
  • 4. Turbar, quitar, entorpecer. Ejemplo: Defraudar la luz del sol.

Entonces, analicemos esto: Cuando yo defraudo a alguien (según la definición número 2 del DRAE), esta persona (aunque no haya sido mi intención), sentirá como si le hubiese mentido, se sentirá burlada, decepcionada, pues confiaba y esperaba algo de mí que nunca cumplí. Siendo así, ¿cuánto dolor le hemos hecho sentir a Dios cada vez que lo defraudamos?

El defraudar, también, tiene mucho que ver con el segundo gran mandamiento, que es: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, porque al defraudar a alguien, no sólo dañas a esa persona, sino que te dañas a i mismo, al sentirte frustrado (a veces), al dañar tu testimonio (siempre), al desordenar tu vida; defraudar crea desorden. De igual manera, afecta y se relaciona, directamente, con el primer gran mandamiento: “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento” (Marcos 12.30); ¿por qué?, porque al defraudar a las personas blasfemas contra Dios, puesto que tu testimonio es muy malo, dejándote, no sólo a ti sino a Dios también, por el suelo.

Otra pregunta que surgió fue: “¿Podemos defraudar a Dios?”. La respuesta a esta pregunta la podemos encontrar (gracias a Dios), al pensar en Dios como en un Padre, el cual ha criado y amado a su hijo , de tal manera, que confía en su lealtad y sinceridad, que espera a que él logre hacer muchas cosas y alcance muchos éxitos; pero que, sobretodo, nunca se olvide de su Padre. Si lo vemos de esta forma, no se nos hará difícil comprender que podemos dañar, de alguna forma, esa íntima relación de amor, confianza y esperanza. Gracias le damos a Dios, porque esta íntima relación, también, es de perdón, porque no importa si lo defraudamos, Dios siempre nos perdona. Aunque, de igual manera, esta relación se compone de respeto; Dios te otorga el perdón si te arrepientes de verdad, de corazón.

Hoy Dios nos enseña que es defraudar, también, es pecado. Que es prometer y no cumplir nos aleja de él y pone en peligro nuestra salvación (Eclesiastés 5.5). Nos enseña que podemos defraudar a las personas con intención o sin intención. Con intención es cuando cometemos fraude económico, cuando mentimos por salir del paso, etc. Sin intención es cuando pensamos poder hacer algo que al final terminamos no haciendo, prometiendo y no cumpliendo, etc. Además, nos enseña que a él se le puede defraudar, porque si vemos bien, lo que le dijo Jesús al “Joven Rico” fue un adelanto de lo que él haría después, porque aquel joven defraudó a Jesús (Marcos 10.21-25).

Inspirado por Dios...

Juan D. Manotas

lunes, 20 de diciembre de 2010

El Escritor y su Fin

Es difícil ser un escritor, cuando no cuentas con el espacio, con el tiempo y/o con la comprensión necesaria de la gente que te rodea. Cuando por algún tiempo has errado en la convicción que describen tus palabras, es difícil amar ser un escritor, y que te ame, en mayor grado de dificultad, un lector. En este mundo donde las letras producen fastidio, sería, tal vez, un error soñar con ser un escritor.

Yo escribo para Dios, por y de Dios, en primer lugar. Yo escribo para el entendido, para aquel que siente muchas ganas de corregirme, para aquel que piensa que puede escribir algo mejor. Escribo para aquel que quiere entender, pero duda de la verdad de mis palabras. Escribo para el que quiere entender y consume, sin dudar, todo el mensaje o parte de él, de cada escrito. Escribo para aquel que hace un gran esfuerzo para entender, y aunque quizá no logre adquirir todo el conocimiento, sé que hará un buen uso de lo que obtuvo. Yo escribo para aquel que, definitivamente, no entiende, pero anhela en su corazón que le sea explicado el mensaje. Escribo para el que no quiere entender, porque sé que esa semilla ha entrado en él y Dios la regará, abonará y tratará para que germine, crezca y a su tiempo dé fruto.

Escribo para el fanático, ese que es rígido, extremo en su concepción de Dios, arraigado, enraizado en su perspectiva de Divina, aquel que juzgará y enjuiciará, quizá, algunos o todos mis escritos; espero que la luz de Dios, que está en cada una de estas palabras, resplandezca, pues esa es la verdad. Escribo al Hijo de Dios, al que ha entendido, ciertamente, quién es en Cristo Jesús, Señor Nuestro, a quien amamos y honramos con todas las fuerzas; a este hombre le ha resplandecido la luz de la verdad y quiere que Dios siga revelándose en su vida; Cristo es en realidad su Camino, Verdad y Vida. Escribo para el Cristiano, para el que sólo es Cristiano, para aquel que se siente bien siendo llamado así, pero que vive su vida de la forma en que mejor le parezca, de la forma que más le convenga a sus deseos, anhelos y sueños. Le escribo al pecador, al que se reconoce como tal, al que se quiere arrepentir y al que no. Le escribo a todo el que quiera leer, escuchar y/u observar lo que escribo y hago, inspirado por el Amor y por mis amores.