miércoles, 21 de diciembre de 2011

¿A qué le tengo miedo?


Moisés tuvo miedo de enfrentarse al Faraón, Gedeón de enfrentarse a los madianitas; el pueblo de Israel le tuvo miedo a los gigantes, Elías a Jezabel; ¿y yo? ¿A qué le tengo miedo?, me pregunto en mi mente cada cierto tiempo. La mejor respuesta que he encontrado a esta pregunta la encontré en la película “Juego de Honor”, donde el personaje “Timo Cruz” dice lo siguiente:


Nuestro miedo más profundo no es ser inadecuados. Nuestro miedo mayor es nuestro poder inconmensurable. Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que nos aterra. Optar por la mezquindad no sirve al mundo. No hay lucidez en encogerse para que los demás no se sientan inseguros junto a ti. Nuestro destino es brillar como los niños, no es el de unos cuantos, es el de todos. Y conforme dejamos que nuestra luz propia alumbre, inconscientemente permitimos lo mismo en los demás; y, al liberarnos de nuestro propio miedo, nuestra presencia libera automáticamente a otros.

Valdría la pena leer este párrafo más de una vez. No sé de qué mente habrá salido tanta sabiduría, pero estoy seguro de que fue inspirado por Dios. Me doy cuenta así de que el Señor da destellos de luz en el mundo a través de sus obras desviadas. Tal vez alguna persona podría malinterpretar lo anterior y escandalizarse, por lo que aclaro que lo que intento decir es que Dios hasta a las piedras usa para llevar su palabra, mostrar su amor y misericordia con nosotros.

Nos cuesta mucho caminar por el camino en el cual debemos hacerlo. Ocio, atajos, pereza, esto y más son caminos alternos, cuevas o vías cerradas que tomamos huyéndole al camino por el cual debemos dirigirnos, ya que este exige esfuerzo y valentía; haciendo esto nos desviamos, perdemos tiempo y nos tenemos que regresar para tomar el camino correcto.

La vida es una lucha constante. Cuanto sufro cuando quiero hacer lo que debo hacer; escribir, leer, componer, entre otras cosas; para eso fui hecho, pero surge un miedo en mí, miedo a hacerlo mal, a fracasar y termino por no hacer nada. A eso le temo yo, ¿y tú?

Juan David Manotas Escudero

miércoles, 27 de abril de 2011

El Yo en Mí Mismo


Con la respiración contaba los segundos que faltaban para que cesara la pelea con aquel gigante. Ya he perdido algunas batallas contra él, pero de todo he aprendido y he crecido. Sí, ha sido así; mas ya no tenía fuerzas para seguir luchando contra ese que, a pesar de ser alguien a quien tengo que vencer, me genera más beneficios que perjuicios, pues saca lo mejor; aunque a decir verdad, no ha visto casi nada de lo mucho que puedo dar en verdad, y por eso me menosprecia un poco. Por fin llegó la hora de descansar.


Cuando era pequeño, el gigante no era gigante; él era mi mejor amigo, me divertía bastante con él y me hizo mucho bien todo el tiempo que anduvimos en amores. Nuestra relación íntima terminó cuando conocí a la que se convertiría en uno de los más grandes amores de mi vida; ella llenó de melodía mi vida, me sedujo, me enterneció, produjo de todo en mí; aún ella hace lo mismo cada vez que la escucho y cada vez que sale de mí.


Descuidé al gigante cuando aún no era gigante, por eso empezó a crecer y se ha convertido en lo que es hoy para mí: semejante a un ogro, grande, creído, arrogante, soberbio, menospreciante, altivo, aprovechado. Quiero volverlo a mí, quiero volverme en amistad a él; sé que él quiere lo mismo, y de esa manera, es como he de vencerlo en esta guerra. Ojalá hacerlo fuera tan fácil como quererlo o decirlo.


Me fortalecí dándole la espalda a aquel gigante amenazante que nunca se cansa de ser hostil. Me aparté aún más. Me encontré con mis amores. Son cuatro, pero empezaré hablando de dos mujeres maravillosas (una más que la otra, pero igual, ambas son maravillosas). La una tiene un sólo nombre, siempre es la misma; a ella la amo infinitas veces más que a la otra; es inefable el amor que le tengo; ella es única. La otra tiene muchos nombres, cambia muchas veces y muy rápido, no siempre es la misma; es la que ya había mencionado, por la que me alejé del gigante; ella enamoró mis cuerdas, mis dedos, mis oídos y mi corazón con su melodía; muere y nace a cada rato, pero está dentro de mí. Ellas me acompañaron a casa de mi mayor amor, mi Padre.


Llegamos. Papá nos recibió con ese inmenso amor y esos brazos abiertos que lo caracterizan. Nos hizo pasar, tomó mi espada, mi escudo, me quitó el yelmo, nos sirvió agua, preparó banquete, curó nuestras heridas, nos consintió y nos enseñó. Así fue cada día de la semana. Por momentos me acordaba del gigante, pero mi Padre sabio me hizo entender que todo estará bien, con sus juegos y sonrisas me hacía olvidar de todo lo que aquejaba mi alma.


Algún día de aquella semana, llegó otro de mis amores, el que faltaba. A este casi no lo valoraba, gracias a mi Padre lo comprendí, y me lo presentó aquel día. El amor del que les hablo es hermafrodita, ha estado toda mi vida conmigo, mas como me acostumbré a que siempre estuviera allí le resté importancia.


Fue hermoso estar reunido toda una semana con mis amores, restablecer relaciones averiadas y disfrutar en la casa de mi Padre tanto tiempo. Mi Padre no tiene comparación, todos hablan de él, todos le conocen; algunos en verdad, otros de nombre; algunos aunque no conozcan su nombre tienen una idea somera de Él.


Es cierto que todos hablan de Él, sin embargo, hablan lo que no entienden; dicen seguirlo, mas no saben donde se encuentra. Nunca lo recuerdan tanto como en esa semana especial; que pena que no se den cuenta de su ignorancia, ni de que mi Padre camina por un sendero y ellos por otro, yendo detrás de una cosa que dice asemejársele, perdiendo la oportunidad de caminar con el verdadero y único. ¡Que ceguera!


Después de todo este descanso, amor, paz y llenura; tengo que volver a la guerra con el gigante que me espera fielmente. No me despedí de Papá ni de mis otros amores, ellos van conmigo a todo lugar.


Juan David Manotas Escudero