Jerónimo era un chico meditabundo, algo amargado; esperaba más del mundo, pero fue defraudado. Desde muy niño tenía un pensamiento avanzado acerca de la vida, de lo que conlleva vivir, de la razón de la existencia, de lo correcto y lo incorrecto, de lo tonto, de lo absurdo, de lo inteligente y de lo sabio. Todo esto lo condujo a un aislamiento. Sumergido en sus pensamientos, Jerónimo sólo soñaba, mientras sentía morirse lentamente.
—En mis sueños hay árboles
empinados y frondosos. Yo soy un carpintero ermitaño con un hacha de plástico.
No me queda más que satisfacer las necesidades de mi cuerpo, esperar la muerte
o el cambio; porque la decepción corroe todo mi ser —Pensaba Jerónimo.
Despertando un día, su corazón acelerado latía muy
rápido. Se levantó agitado y como gimiendo, porque le faltaba el aire, pero lo
más angustiante era que estaba ciego, por alguna razón había quedado así. Luego
de un rato pudo controlarse un poco y se sentó respirando lenta y profundamente,
su vista regresó y su corazón empezó a latir normalmente. Sin pronunciar
palabra, Jerónimo se quitó la ropa, tomó su libreta, su lápiz y escribió todo
lo que soñó, agregándole todos sus pensamientos agrietados y abismales. Al
terminar, pensó por un momento más hasta que sintió fastidio y tristeza, junto
con el miedo que continuaba creciendo, no encontraba paz de ninguna forma.
Desesperadamente, buscando escapar de todo esto que le generaba angustia, siguió
su ritual metódico de masturbación.
Pasó el tiempo. Jerónimo acabó de masturbarse, cuando de
inmediato aborreció a su cuerpo, su cara se arrugó y sintió como si desde la
frente descendiera un río de agua espesa y pesada que le llegó hasta el pecho,
en donde se convertía en un punzón fuerte y agudo que perturbaba el alma, el
cuerpo y era como si su espíritu estuviera muerto. Jerónimo lloró amargamente,
con toda la amargura que lo caracterizaba. Luego entró en frenesí. Con
Violencia tomó la silla en la que estaba sentado y la lanzó contra la pared.
Gritaba, daba patadas a todo lo que encontraba por ahí y no dejaba de llorar.
Debajo de su cama había un pico y una pala, él tomó el pico y comenzó a
reventar el piso de su habitación; pero, no contento con esto, siguió cavando con
la pala. En un momento ya había acabado todas sus fuerzas, así que se abandonó
a un lado del desastre que hizo y no dejó de llorar. Encontró una cuchilla
cerca de él y estuvo a punto de cortarse las venas, mas no lo hizo.
En medio de todo su desastre y miseria logró divisar un
libro que, extrañamente, le apeteció leer. No llevaba nombre, pero aquel
misterioso libro tenía la vida de Jerónimo ahí descrita, además de otras
palabras que daban respuesta a todos sus interrogantes acerca de la vida, de lo
que se debe y no se debe hacer, de lo correcto e incorrecto. Él no leyó todo el
libro, se detuvo un instante y miró a su alrededor, repudiando su desnudez,
avergonzado del desastre que había hecho, sintiéndose sucio y bajo por haberse masturbado.
Aquella mañana, Jerónimo había despertado como lo hizo a
causa de un sueño que tuvo. Él veía de un lado a un hombre que se tiraba de lo
más alto de un edificio, del otro lado había una mujer cortándose la cabeza y
todo pasaba despacio. Él caminaba en medio de una calle y en ambas aceras había
un montón de gente, algo dispersada, que lo miraban fría y fijamente, de la
forma como sólo pueden mirar los muertos. Aquella gente sólo lo miraba mientras
él caminaba, pero rompieron el silencio y le decían: “Eres uno de nosotros. No
puedes escaparte de aquí. Somos los que nunca duermen, los que buscan tu
perdición. La vida no es más que dolor. Muérete. Muérete. Muérete. ¡Muérete! ¡Muérete!”.
Todo esto decían una y otra vez, unas veces fuerte y otras veces muy despacio,
lo cual era delirante. Antes de despertar, estaba frente a un espejo y con sus
dedos se sacó rápidamente los ojos.
Jerónimo continuó leyendo aquel misterioso libro; cuyas
palabras le habían devuelto la paz, aunque lamentaba la condición en la que se
encontraba; y encontró al final un título que decía “YO SOY”.
“Yo
soy quien te conoce. Yo fui quien te formó. Yo sé todo de tu vida, porque yo
mismo te la di y yo mismo te la puedo quitar. Yo siempre he sido y siempre
seré. ¿Habrá alguien que ose enfrentarse a mí? YO SOY EL QUE SOY. SOY TODO. SIN
MÍ TODO SERÍA NADA. SIN MÍ TÚ ESTÁS PERDIDO. Ahora levántate. De ahora en
adelante ya no serás más Jerónimo, te llamarás Javier, porque casa nueva eres
para mí, habitaré en tu corazón, controlaré tus pensamientos y mis sueños
pondré en ti”
Javier, como era de llamarse desde ese momento, sonrió
con la alegría y satisfacción que nunca había sentido tan fuerte en toda su
vida, agradeció en altavoz y dijo:
—Acepto, YO SOY. Acepto, porque Tú eres el más grande y
delante de ti no soy nada. Me has sorprendido en mi miseria, vergüenza, soledad
y fantasía. Has abierto mis ojos. Me has libras de los demonios que me
atormentan, que quieren comer mis carnes. He descubierto que el amor eres tú y
no me avergonzaré ni callaré mi boca para proclamar, para gritar con todas mis
fuerzas que ¡Tú eres todo y no hay nada sin ti!
Luego de esto, se bañó. Al salir puso su casa en
orden y no paraba de leer las enseñanzas
del GRAN YO SOY ni de comunicarse con Él. Nunca más volvió a ser el mismo.
Hablaba por todas partes del que lo había transformado, aunque no era bien
recibido por todos, y a pesar de que a algunas personas les generara comezón el
oír de Él, porque le amaba.
Así vivió Javier, su vida giraba en torno a su amor, sus
sueños ya no eran sufridos sino deleitosos, su amargura murió y ahora vive la
dulzura, la belleza, la fe, la esperanza y el amor.
Escrito por: Juan David Manotas Escudero