Es difícil ser un escritor, cuando no cuentas con el espacio, con el tiempo y/o con la comprensión necesaria de la gente que te rodea. Cuando por algún tiempo has errado en la convicción que describen tus palabras, es difícil amar ser un escritor, y que te ame, en mayor grado de dificultad, un lector. En este mundo donde las letras producen fastidio, sería, tal vez, un error soñar con ser un escritor.
Yo escribo para Dios, por y de Dios, en primer lugar. Yo escribo para el entendido, para aquel que siente muchas ganas de corregirme, para aquel que piensa que puede escribir algo mejor. Escribo para aquel que quiere entender, pero duda de la verdad de mis palabras. Escribo para el que quiere entender y consume, sin dudar, todo el mensaje o parte de él, de cada escrito. Escribo para aquel que hace un gran esfuerzo para entender, y aunque quizá no logre adquirir todo el conocimiento, sé que hará un buen uso de lo que obtuvo. Yo escribo para aquel que, definitivamente, no entiende, pero anhela en su corazón que le sea explicado el mensaje. Escribo para el que no quiere entender, porque sé que esa semilla ha entrado en él y Dios la regará, abonará y tratará para que germine, crezca y a su tiempo dé fruto.
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